Manuelita, Leal y Rebelde

Pocos personajes históricos femeninos han sido tan falseados como Manuela Sáenz Aizpuru, la hermosa criolla nacida en Quito, Ecuador, el 27 de diciembre de 1797 y que se considera uno  de los personajes más interesantes de las guerras de independencia de América del Sur y una de las más destacadas y avanzada defensora de los derechos femeninos en Sudamérica.

Criada en contacto con la naturaleza, su niñez indignada se negaba a entender la vida de los negros esclavos, a cuyos barracones acudía a escondidas para llevarles algo de alegría. El paso por el convento en el que cursó los estudios, no logró modificar su carácter independiente y leal. Casada muy joven con el medico ingles James Thorne, 27 años mayor que ella y al que, luego de conocer a Bolívar, tuvo el valor de confesarle su amor por éste.

Por su matrimonio, Manuelita se insertó en el Virreinato del Perú, ciudad que no conocía las condiciones “ilegitimas” de su nacimiento, por lo cual fue aceptada en aquel ambiente aristocrático, involucrándose de lleno en actividades políticas, en una evidente atmosfera de descontento con las autoridades españolas, en las cuales las mujeres ejercían una gran influencia y estaban bien informadas de los acontecimiento en el virreinato. Razón esta que explica la decidida participación femenina en los movimientos revolucionarios a la causa de Bolívar por liberar la Nueva Granada y de San Martín por independizar el Perú.

Figura destacada en las luchas por la independencia de Latinoamérica y amada compañera de Simón Bolívar, a la hermosa criolla le fue concedida por José de San Martín el titulo de  Caballereza de la Orden del Sol del Perú, por los servicios prestados a la lucha contra el poder colonial español.

En un viaje a su ciudad natal, Manuela presenció la entrada triunfal de Bolívar y en el momento de cruzar éste la plaza principal de la ciudad, le arrojó desde su balcón una corona de rosas y ramas de laurel, con tal suerte que fue a parar justo a su pecho. El Libertador levantó la vista y encontró los ardientes ojos negros de la mujer, aun con los brazos estirados; no los olvidó más. Por la noche, durante la recepción oficial en su honor, fueron presentados; y  el Libertador le manifestó: “Señora, si, mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos gana do la guerra a España”.

De espíritu rebelde, Manuela decidió acompañar a su amado en su batallar  glorioso y combatir ella misma. Audaz y valerosa unió su destino al del héroe legendario; no solo fue su amante son su mas leal amiga. Enfermera en la batalla de Pichincha, combatiente en Junín; estuvo presente también en Ayacucho. Vestía de uniforme y los soldados, respetuosos, la llamaban La Generala

Al Libertador se le fue la vida, a causa de la tuberculosis, el 17 de diciembre de 1830 en la ciudad colombiana de Santa Marta. Al recibir la carta de un emisario, dándole cuenta del mayor dolor de su vida, trató de matarse. Consecuente con sus principios e ideales libertarios, a partir del ocaso bolivariano fue desterrado; primero a Bogotá; después a Jamaica y finalmente al puerto peruano de Paita, etapa final de su peregrinaje de exiliada política. Desde allí escribió: “Yo amé al Libertador; muerto, lo venero”.

A la muerte del que era su esposo, se le comunico que en su testamento el  inglés la dejaba como hederá única. Rechazo total; dos años antes se había negado a ser indultada. La parálisis postro su cuerpo anciano, pero no pudo vencerla y continúo haciendo dulces para ganar el pan cotidiano. 21 años le duró todavía la vida a la rebelde quiteña. Murió de difteria, el 23 de noviembre de 1856, víctima de una epidemia de difería que asoló la región. Como Bolívar, abandonada, pero fiel a su gran amor y a sus ideas emancipadoras.

Muchos años después de su muerte, influyentes personajes de la historia y la literatura de su época, omitían en sus obras lo relacionado con la campaña libertadora, mientras que otros la limitaron  a un papel decorativo y muchas denigrante y en el que se tejían una leyenda sexual alrededor de su figura, lo que en la actualidad sigue teniendo peso en ciertos círculos sociales y políticos.

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