Joven Ha de Ser…

La prolongación de la vida es una gran aspiración del ser humano. Todos deseamos vivir mucho, aunque contradictoriamente nadie quiere ser viejo, por demás, un concepto muy relativo. Hay quienes consideran “vieja” a una persona de 40 o 45 años, en tanto que para otros, especialmente las mujeres, esta etapa representa uno de los capítulos más difíciles de sobrellevar. La mayoría piensa en la edad como sinónimo de achaques físicos, deterioro de ciertas capacidades, algo así como una enfermedad inevitable. Indetenible.

Sin entrar en análisis exhaustivos que requieren ser avalados por criterios científicos, puede decirse que se tiene la edad biológica y la de la vitalidad. Para nadie es un secreto que hay personas de 40 años que parecen de 60, dada la forma de comportarse y andar por la vida, a la par que nos encontramos individuos de 70 y 80 años que respiran vitalidad y deseos de vivir.

Nadie ha de ser inútil e infeliz por envejecido que esté. Este es un estado de potencialidades enriquecidas por la experiencia de lo vivido. Para Cicerón, filosofo romano de la antigüedad y uno de los primeros en denominar a este grupo etario como “la tercera edad”. “toda edad es pesada para aquellos en quienes no hay ningún recurso en sí mismos para vivir bien y felizmente”.

Desde el punto biológico, el envejecimiento es un cambio en el organismo vivo, producido por la acción del tiempo, aunque no es su decurso solamente lo que determina, sino que existen otros aspectos, además del biológico, que influyen decisivamente, tales como el factor psicológico y el social, así como el de orden geográfico y hasta climático, según algunos criterios.

Condicionan una longevidad satisfactoria, asimismo, factores como: seguridad, vivienda, atención sanitaria y psicológica, alimentación, afecto familiar, respeto social, Estos dos últimos constituyen una importante fuente de protección y amor hacia los ancianos en su entorno. También necesitan de condiciones de vida que les faciliten independencia; protegerlos jurídicamente y crearles espacios donde acudir para reclamar por cualquier violación a su integridad

Hoy, cuando las estadísticas hablan de un desequilibrio demográfico en el 2050 y en el planeta el número de personas mayores de 60 sobrepasará al de menores de 15 años, como consecuencia directa de las tasas conjuntas de natalidad y mortalidad, los programas, las pautas, las estrategias gubernamentales y sociales hay que diseñarlas para afrontar el proceso de la vejez como una continuidad del desarrollo.

En este panorama, que no deja de ser preocupante, en el que abundarán los ancianos y disminuirán los niños, desde ya es obligado trazar caminos que hagan frente a la baja natalidad de los últimos años en el país. En tal sentido, el Ministerio de Salud Pública perfecciona las políticas existentes a la vez que desarrolla proyectos con vista a anteponer las dos vertientes del asunto: la descendente natalidad y el creciente envejecimiento poblacional del país.

Cada día el desvelo por nuestros adultos mayores implica una orientación no solo hacia la protección de su salud, sino también una mayor participación en el desarrollo socio económico y un entorno amistoso y solidario, amen de atenderlos con el respeto, la ternura y la mesura de que son dignos. El envejecimiento poblacional es asunto que compete a todos, pues en algún momento nos corresponderá convivir con un anciano y ejercer el papel de cuidadores, a la par que envejecemos. No porque hayan perdido facultades hay que tratarlos como un traste viejo. Merecen una atención amable y digna, cargada de respeto, paciencia y mucho cariño. Conocer sus problemas, tratar de ponernos en su lugar, darles oportunidad para participar y expresarse libremente, ayuda a cimentar ese respeto y a considerarlos como lo que son: padres, abuelos, tíos, amistades, vecinos y hasta compañeros y compañeras de trabajo en etapa de jubilación.

Como dice un viejo son cubano: “Joven ha de ser, quien lo quiera ser”. La lucha por una vida pletórica y larga es un objetivo de sociedades como la nuestra, en que el ser humano sí ocupa el lugar que le corresponde

 

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