Valores Herencia Fabulosa

DSCN0323Algunos ni se han quitado el uniforme de la escuela, pero ya corren por la cuadra. El grupo lo componen una decena de muchachos, dos hembritas entre ellos. De vez en cuando se escuchan interjecciones. Palabrotas que una no se imagina escuchar en niños que no pasan de los 10 años; y si fuertes resultan en los chicos, mucho más en las niñas que, por su condición debían serles inherentes la sensibilidad y la delicadeza.

Desagrada ver a un niño o niña expresarse groseramente, con gritos y formas irrespetuosas y chabacanas, bien alejado de lo que debe ser el comportamiento infantil. Cabe preguntarse entonces, ¿qué papel juegan los mayores de estos niños que no han logrado inculcarles los necesarios modales? Estas valías deben ser creadas desde las edades más tempranas, proceso que exige tener en cuenta tanto lo general como la riqueza y variedad de la individualidad. Y la familia es el punto de partida para implantarlas y promoverlas. En ese medio único se fortalecen las tradiciones que se trasmiten de generación en generación, en tanto se refuerzan y completan los lazos filiales. La niña o niño que crece en un ambiente de trabajo, respeto, honradez, vergüenza, generosidad y moral, llevará siempre consigo esas enseñanzas, mismas que deleitan y cautivan cuando se ejercen de manera natural.

No son pocos los padres que piensan que mientras las y los niños son pequeños su única tarea es mimarlos y aplazan su educación para más tarde. ¿Resultado? Dentro de unos años empezaran a quejarse de que estos no responden como esperan a su cariño y desvelos, les causan disgustos y se muestran díscolos y groseros. Olvidan que los buenos sentimientos germinan en la cuna y se desarrollan durante la infancia, según los rasgos individuales de cada menor. No se puede hacer que éste sea bueno, repitiéndoselo como un loro; es preciso que sienta la necesidad de hacer el bien, de ayudar al prójimo. Una frase  cortes, la ayuda a una persona desvalida, compartir la merienda con otro escolar, son acciones que contribuyen a que experimente regocijo y felicidad. No  puede olvidarse que la generosidad está relacionada con otros aspectos del carácter y de la conciencia, como son el colectivismo, el amor a la patria, la intransigencia, la eticidad y el conocimiento del deber ante la sociedad. Y si algo caracteriza a los cubanos y las cubanas es su solidaridad, humanismo y sensibilidad-Damos, quitándonos lo que nos hace falta, no lo que nos sobra.

La educación arranca en la familia y se perpetúa en la escuela. Y mientras más temprano se despierte esa sensibilidad hacia lo que enaltece al ser humano, mayores serán las posibilidades de hacer de nuestros hijos, hombres y mujeres de bien. Estas son probidades que han de cultivarse constantemente, aprovechando desde la lectura de un libro  o la comida familiar hasta algún aspecto de la clase, el matutino o cualquier actividad extraescolar, a través de educativos que revelen ejemplaridad tanto dentro como fuera del aula.

Actitudes individualistas, egoístas, que ponen el interés por encima de la propia dignidad, en decrecimiento de tantos valores imperecederos, califican en el nocivo panorama de la indisciplina social que hoy padecemos. Cierto que el contexto cotidiano influye en las y los niños que, consciente e inconscientemente  se comportan con arreglo a las reglas de convivencia observadas y aprendidas en casa y fuera de ella. De ahí que los valores dirigidos a resguardar una conducta determinada pueden fijarse como otros nuevos.

Para que el infante incorpore esa herencia fabulosa  que conduce a la formación de ciudadanos dotados de los mas elementarles principios, que ame a su Patria y el día de mañana sea una mujer o un hombre honrado y laborioso, debe crecer en un ambiente tutelado por las buenas costumbres  y la responsabilidad de los padres, abuelos, tíos y otros personas convivientes para hacer lo que les piden a los menores que hagan, proporcionándoles las formas de despojarse de posturas egoístas y hacerse mas nobles y justos..Es absurdo hablar de bondad, honradez, generosidad, laboriosidad o altruismo, si el comportamiento que se demuestra  niega tales preceptos. No es proyectando dobles mensajes que lo lograremos. No olvidemos que el infante se comporta tal y como somos capaces de enseñarlo, puesto que los menores fijan los preceptos morales mediante un proceso de asimilación de los modelos conductuales de los mayores.

La honestidad, como otros tantos valores, NO viene en el ADN, por lo que tempranamente se le debe inculcar a niña y niño el sentido del respeto por las pertenencias ajenas y, algo muy importante, por la propiedad social. A veces, pequeños episodios en la vida familiar los inician en la deshonestidad. Si NO se procede a tiempo, puede desencadenarse una conducta que haga del embuste y la falsía un vicio, lo que puede convertirse en algo peligroso.

En sintonía con estas actuaciones discordantes que hoy vemos, ciertos padres permisivos jerarquizan  la satisfacción de lo material: ropa, juguetes, objetos, en afán desmedido por aparentar y ser reconocidos. Según esta filosofía existencial, lo ostentoso y banal es lo que vale, sin ver que están precipitando etapas fundamentales de la vida,                                                                                                                                                               como son la niñez y la adolescencia. Y en esta especie de desafío superficial, “echan el resto” para peinarlos y pelarlos a la ultima moda, vestirlos con atuendos de marcas, las mas de las veces impropios para sus edades, y dotarlos de los últimos artefactos tecnológicos que puedan conseguir.

Los paradigmas son esenciales en  la infancia. Una vez que se alcanza un determinado desarrollo, podrá fijarlos y cotejarlos consecuentemente, lo que resultará esencial para futuros procederes. Si se habitúa a vestir, actuar y comportarse con actitudes ajustadas a la de los adultos, seguramente no podrá teorizar con elaboración personal por qué lo hace, pero lo incorpora a su cotidianidad. Y así sucederá también con las maneras de proyectarse en la vida.

A todas y todos nos toca elegir que camino escogemos. Pero de algo estamos seguros; no es alentando conductas egoístas en los hijos, sino educándolos en la modestia, la ética, la responsabilidad, el civismo y la bondad  que serán felices.

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