Jugar, jugar y jugar

Para muchos padres, el comportamiento de sus hijos en una visita o una consulta médica debe concordar con las recomendaciones que se les hace antes de salir de casa. Permanecer tranquilos, escuchar callados lo que se conversa, aunque sea lo más aburrido para su mundo y mente infantil, y si está en una consulta médica, oír las recomendaciones del galeno que, a fin de cuentas, no entiende.

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Estos padres llevan a sus hijos al parque y no los dejan correr ni ensuciarse la ropa. Y ni hablar de los cumpleaños, muchas veces devenidas reuniones de adultos, los visten de tal manera que el muchacho no puede ni moverse de entorchados que están. El mundo de la infancia es de juegos y fantasías, no de estiramientos ni rigidez. Un niño reprimido y sin atenciones es un infante infeliz.
Cada familia tiene recetas propias a la hora de educar, si bien hay algunos elementos que han de tomarse en cuenta y que sí no cambian en la niñez temprana. Para el niño, lo imaginado y lo verídico tienen el mismo valor y no le preocupa que ambos mundos se mezclen, puesto que aún no distingue entre lo real y lo imaginado.
Resulta esencial que ellos sientan que el juego los divierte, que la imaginación corra veloz cuando les leen un cuento y que los rodeen de amor, caricias, mimos y pequeños presentes, como un dulce, un globo, un muñeco. Necesitan también preguntar y preguntar y ser respondidos y que les escuchemos esas mentirillas o fantásticas historias tejidas por su fértil imaginación. Entonces, ¿por qué reprimirlos y tratar de convertirlos en modelos de comportamiento? Los niños son inquietos, curiosos, fantasiosos, siempre niños.
Como forma de facilitar su desarrollo y comportamiento positivo, los padres, junto a los límites que han de establecer, deben mostrarles afecto y ternura y siempre recordar que ha de existir una única línea educativa por ambos progenitores, quienes a la vez que les van enseñando conductas efectivas, han de guiarles con paciencia y amor para que se sientan seguros.
Respetar su fantasía no es de ninguna manera transigir con su fantasioso mundo que es el de la infancia toda. Cuando se tiene un niño pequeño hay que atenderlo, no dejarlo a su suerte ni reprimirlo o castigarlo por “su mal comportamiento”, sino ser coherente con la aplicación de las sanciones. Y dejarlos jugar, jugar y jugar, conociendo de antemano qué se va a jugar y en qué espacio. En dos palabras, encaminarlos y delimitarlos cuando se haga necesario.

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