En Martí fue enteramente digno el ser humano

0524-martiCayó de cara al sol, como había vivido y quiso morir. Sin eludir el peligro marchó José Martí aquel 19 de mayo de 1895 a su primer combate

Cayó de cara al sol, como había vivido y quiso morir. Sin eludir el peligro marchó José Martí aquel 19 de mayo de 1895 a su primer combate, cuando en su condición de dirigente intentaba organizar el gobierno de los patriotas en armas, tras escasos e intensos días en campaña. Cayó por la causa a cuya defensa se entregó cuando apenas rebasaba la niñez. Unos cuarenta días antes había desembarcado con el Generalísimo y recio dominicano Máximo Gómez y otros mambises fieles en el Oriente cubano.

Venía decidido a luchar, a fundar una república que contribuyera decisivamente al equilibrio de Las Antillas, si bien conocía y valoraba los riesgos de morir. Benjamín Guerra, tesorero del Partido Revolucionario Cubano, fundado por Martí tres años antes, sostenía que contrario a los que pensaban los que no lo conocían, Martí no era un soñador, entregado a las ideas abstractas, sino “un hombre enteramente practico que sabía administrar y preparaba con cuidado sus proyectos”. Un hombre que a la hora conveniente supo alzar a todo un pueblo. Ese pueblo que hoy percibe a su Héroe Nacional cercano e íntimo y que, como el poeta  José Lezama Lima, piensa que su Martí es el misterio que nos acompaña.

Cuba y su destino fueron para el héroe cubano afán y razón de ser. Su dignidad de hombre honesto no le permitió permanecer impasible ante la guerra iniciada el 24 de febrero de 1895 y en la que él era no solamente su organizador y conductor, sino el alma de aquel levantamiento. Día tras día, a partir del 9 de abril, cuando al frente de una expedición salió de Santo Domingo hacia Cuba, hasta un día antes de su muerte, fue plasmando sus pensamientos y avatares en su Diario de Campaña.

Para María Zambrano, una personalidad de las letras españolas que vivió varios años en Cuba, el Diario de Campaña de Martí no revela huella alguna de presentimiento, ni la más leve preocupación ante la muerte. Acaso, escribió ella, n0000000000000000000000000o imaginaba que iba hacia su fin, o quizá no quiso transcribirlo, más la existencia misma del Diario, su tono y una específica calidad como de misterioso temblor del alma ante las cosas que parecen herirle, palpitan en el documento. Para ella, Martí se hizo a sí mismo en contra de si, de sus gustos. Por amor a la libertad vivió en una absoluta obediencia. Y ese es el modo más alto y noble de ser hombre.

Temores y presentimientos lo acompañaron en sus andanzas por la manigua redentora, donde quiso demostrar que no solo era el hombre que arengaba, sino que era capaz de dar la vida por sus ideales. Hombre de paz, comprendía que “la guerra necesaria tendría un alto costo para el pueblo, siempre pensó en ello. Llegó a expresarle a un amigo en Nueva York: “! Hay, las madres, las madres, cuánta sangre y cuántas lagrimas van a correr en esta revolución a que voy a lanzar a mi país!”

Para él, “la grandeza está en la verdad de la virtud”. La frase encierra todo el respeto que su prédica supo dar a los valores más arraigados del ser humano. Por eso exaltaba con rigor de avezado, lo mejor del hombre, desconfiando de lo peor de ese mismo hombre. Ético, límpido, justo y noble,  aunó a un lenguaje de elevadísima hondura, pensamientos, proverbios, aforismo que imponen lecciones de sabiduría.

Una cubana de recia estirpe martiana como Fina Garcia Marruz señaló que en los dos últimos cuadernos de apuntes, su estilo era más natural y tierno. La obra a la que Martí dedicó los años más fecundos de su vida estaba en marcha. Las anotaciones cesaron donde se encuentran los Dos Rios, donde se unen el Cauto y el Contramaestre. Allí le esperaba la muerte que no buscaba, dejando inconclusa su carta a Manuel Mercado, el amigo mexicano. Del corazón le fue saliendo la misiva,  la última, en la que saltan líneas que son como destellos de lúcida confesión, al decir de uno de sus biógrafos, Herminio Almendros:

“Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi patria y por mi deber”, le dice, haciéndole depositario de sus sentimientos, y explicándole la magna tarea que se había impuesto: “España sería derrotada por la guerra con Cuba. Eso era lo inmediato: lo otro, mas perspectivo pero real y posible: prevenir la expansión norteamericana.”. Había advertido tempranamente el peligro que el entonces naciente imperialismo norteamericano representaba para los pueblos de América Latina. El, que como nadie conoció el monstruo por haber vivido en sus entrañas, dejaba su impronta definitiva., no solo para su país, sino para toda nuestra América.

En la tarde de ese día aciago para la patria, cayó derribado de su montura, como había querido, peleando por la patria. No buscando la muerte, sino cumpliendo con su deber, como  estimó. En la nota de su Diario de Campaña del 17 de mayo confesaba: “Me entristece la impaciencia”. Tiempo atrás, sin desearlo, quizás, anticipó su epitafio cuando al hablar de un personaje grande de la humanidad, escribió: ¡En él fue enteramente digno el ser humano”.

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